Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Perdidos! —repitió la tripulación.
—¡Sálvese quien pueda! —Dijeron otros.
—¡A la despensa! —Exclamaron Pen y algunos de su calaña—. Y si hemos de morir ahogados, ahoguémonos en gin…
El desorden llegó a su colmo entre aquellos marineros que rompÃan todo freno. Shandon estaba fuera de sÃ; quiso imponerse; balbució, vaciló su pensamiento, no tuvo palabras con que expresarse. El doctor se paseaba con agitación. Johnson, cruzado estoicamente de brazos, callaba.
De repente se dejó oÃr una voz fuerte, enérgica, imperiosa, que pronunció estas palabras:
—¡Todo el mundo a sus puestos! ¡Cierra timón a la banda!
Johnson se estremeció, y sin darse cuenta de ello, hizo girar rápidamente la rueda del gobernalle.
Ya era tiempo. El bergantÃn, lanzado a todo vapor, iba a estrellarse contra las paredes de su mazmorra.
Pero en tanto que Johnson obedecÃa instintivamente, Shandon, Clawbonny, la tripulación, todos, hasta el fogonero Warren, que abandonó las calderas, y el negro Strong, que dejó sus hornillos, se encontraron reunidos en la cubierta, y todos vieron salir de aquel camarote, cuya única llave guardaba el misterioso capitán, a un hombre. Aquel hombre era el marinero Garry.
