Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Los marineros se precipitaron a sus puestos. El Forward evolucionó rápidamente; los hornos se cargaron de carbón; era menester ganar en velocidad a la montaña flotante. HabÃa una lucha empeñada entre el bergantÃn y el iceberg; el primero corrÃa hacia el Sur para pasar; el segundo derivaba hacia el Norte para cerrar el paso.
—¡A todo vapor! —Exclamó Shandon—. ¡A todo vapor! ¿OÃs, Brunton?
El Forward se deslizaba como un pájaro en medio de los témpanos dispersos que su proa hacÃa mil pedazos. Bajo la acción de la hélice el casco del buque se estremecÃa, y el manómetro indicaba una tensión prodigiosa del vapor, el cual silbaba con un ruido que ensordecÃa.
—¡Cerrad las válvulas! —exclamó Shandon.
Y el maquinista obedeció, exponiéndose a hacer saltar el buque.
Pero sus desesperados esfuerzos habÃan de ser vanos. El iceberg, cogido por una corriente submarina, marchaba rápidamente hacia el pasadizo, del cual el bergantÃn distaba aún tres cables. La montaña triunfó, entrando como una cuña en el intervalo libre, donde se adhirió con fuerza a las montañas inmediatas y cerró toda salida.
—¡Estamos perdidos! —gritó Shandon, que no pudo reprimir esta palabra imprudente.