Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras A la edad de veinte años poseía ya la constitución vigorosa de los hombres nervudos y sanguíneos. Un semblante enérgico, con facciones tiradas a escuadra; una frente elevada y perpendicular al plano de los ojos; éstos bellos, pero fríos; labios delgados, que contorneaban una boca avara de palabras; una estatura mediana, miembros sólidamente articulados y movidos por músculos de hierro, formaban el conjunto de aquel hombre, dotado de una constitución a toda prueba. Bastaba verlo para decir que era audaz; bastaba oírlo, para comprender que era fríamente apasionado. Era un carácter incapaz de retroceder, y dispuesto a jugarse la vida de los demás con tanta convicción como la propia. Era, por tanto, preciso pensarlo más de una vez antes de seguirlo en sus aventuras y temerarias empresas.
John Hatteras llevaba muy alto el orgullo británico, como lo prueba la orgullosa respuesta que dio un día a un francés, el cual, con mucha urbanidad, y hasta amabilidad, dijo delante de él:
—Si yo no fuese francés, quisiera ser inglés.
—Y yo —respondió Hatteras—, si no fuese inglés, quisiera ser inglés.
Por la respuesta se puede juzgar al hombre.