Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El tiempo era seco y bastante claro, y la, tripulación se hallaba sobre cubierta. Había dejado de nevar, y Hatteras, en la popa con Shandon y con el doctor, contaba los minutos con el cronómetro en la mano.
A las ocho y treinta y cinco minutos se oyó una explosión sorda, mucho menos estrepitosa de lo que pudo suponerse. El perfil de las montañas quedó de repente modificado como después de un terremoto; un humo denso y blanco subió hacia el cielo a una altura considerable, y largas grietas culebreaban por los costados del iceberg, cuya parte superior, proyectada a lo lejos, caía en pedazos alrededor del Forward.
Pero el paso no estaba aún libre. Enormes témpanos, formando bóveda sobre las montañas adyacentes, quedaron suspendidos, y de temer era que al caer volviesen a cerrar el recinto.
Hatteras juzgó la situación de una sola ojeada.
—¡Wolsten! —gritó.
Apareció el armero.
—¡Capitán! —dijo.
—Cargad el cañón con triple carga —dijo Hatteras—, y atacadlo todo lo posible.
—¿Vamos a combatir la montaña a cañonazos? —preguntó el doctor.
—Sería inútil —respondió Hatteras—. Una triple carga de pólvora, Wolsten, y nada de balas. Pronto.