Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Lo que —respondió el doctor— debÃa ser para ellos embarazoso. Es una verdadera encrucijada, como vos decÃs, en la cual se cruzan cuatro grandes caminos, sin que se vean boyas indicadoras que digan cuál es el verdadero. ¿Cómo, pues, se las compondrÃan los Parry, los Ross y los Franklin? ¿Qué hicieron?
—No hicieron nada, doctor, dejaron hacer; no tenÃan derecho de elección, os lo aseguro. El estrecho de Barrow, que se cerraba para uno, el año siguiente se abrÃa para otro. Otras veces el buque se veÃa inevitablemente arrastrado hacia el paso del Regente, resultando de todo eso que, por la fuerza de las cosas, se han conocido al fin estos mares, tan embrollados.
—¡Singular paÃs! —dijo el doctor, examinando el mapa—. ¡Todo en él está tijereteado, desgarrado, hecho pedazos, sin orden, sin concierto, sin ninguna lógica! Parece que las tierras próximas al polo Norte se han desmenuzado expresamente para volver más difÃcil la aproximación a ellas de los navegantes, al paso que en el otro hemisferio terminan en puntas tranquilas y afiladas, como el cabo de Hornos, el cabo de Buena Esperanza y la penÃnsula indostánica. ¿Es la rapidez mayor del ecuador lo que ha modificado asà las cosas, en tanto que las tierras extremas, fluidas aún en los primeros dÃas de la creación, no han podido condensarse ni aglomerarse por falta de una rotación bastante acelerada?