Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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—Eso debe ser, porque en todo lo de este mundo hay una lógica, y nada se ha hecho en él sin algún motivo, que Dios permite algunas veces descubrir a los sabios. Haced uso del permiso, doctor.

—Seré, desgraciadamente, discreto, capitán. Pero ¿qué espantoso vendaval reina en este estrecho? —añadió el doctor, encapotándose todo lo que pudo.

—Sí, la brisa del Norte brama aquí furiosamente y nos separa de nuestro camino.

—Debía, sin embargo, empujar los hielos hacia el Sur, y dejar la senda libre.

—Debería, doctor; pero el viento, como muchos hombres, no hace siempre lo que debe. ¡Ya lo veis! Este banco parece impenetrable. Procuraremos, no obstante, llegar a la isla Griffith, y bordearemos después la de Cornualles para ganar el canal de la Reina, sin pasar por el de Wellington. Quiero, sin embargo, a toda costa tocar en la isla Beechey para renovar mis provisiones de carbón.

—¿Cómo? —respondió el doctor, asombrado.

—Muy fácilmente. Por orden del Almirantazgo, hay depositadas en Beechey grandes provisiones para atender a las necesidades de las expediciones futuras; y aunque el capitán McClintock haya tomado carbón en la isla en 1859, os aseguro que ha quedado carbón para nosotros.


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