Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡SÃ, mi querido Johnson, eso son hipótesis de la credulidad! Como veis, no hay la menor montaña, capaz de atraer los buques, de arrancarles su hierro, áncora tras áncora, clavo tras clavo, y vuestros claveteados zapatos están aquà tan libres como en cualquier otro punto del Globo.
—Entonces, ¿cómo se explica…?
—No se explica, Johnson; no somos aún bastante sabios para tanto. ¡Pero lo que es cierto, exacto, matemático, es que el polo magnético está aquà mismo, en este sitio!
—¡Ah, señor Clawbonny! ¡Cuán feliz serÃa el capitán si pudiera decir otro tanto del polo boreal!
—Lo dirá, Johnson, lo dirá.
—¡Dios lo haga! —respondió el contramaestre.
El doctor y su compañero levantaron un cairn en el punto preciso en que se habÃa hecho el experimento, y habiéndoles hecho seña de que reembarcasen, volvieron a bordo a las cinco de la tarde.