Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Parece —dijo un dÃa James Wall a Ricardo Shandon— que los marineros han tomado en serio los discursos del capitán, y que ya no dudan del éxito de la empresa.
—Pues hacen mal en no dudar —respondió Shandon—; si reflexionasen, si examinasen la situación, comprenderÃan que no se cometen más que imprudencias.
—Sin embargo —repuso Wall—, nos hallamos ya en un mar libre, volvemos por caminos ya reconocidos; no exageréis, Shandon.
—No exagero nada, Wall; la pasión no me quita el conocimiento. El odio, la envidia si queréis, que me inspira Hatteras, no me ciegan. Decidme, ¿habéis visitado los pañoles del carbón?
—No —respondió Wall.
—Pues bien, bajad a ellos, y veréis con qué rapidez disminuyen nuestras provisiones. En un principio debÃamos haber navegado principalmente a fuerza de vela, reservándonos la hélice para contrarrestar las corrientes o los vientos contrarios. El combustible debÃa economizarse mucho, porque nadie es capaz de saber en qué punto de estos mares y por cuánto tiempo podemos estar retenidos. Que el viento sea o no contrario, marchamos a todo vapor, y como se siga del mismo modo, no tardaremos en vernos en un apuro, o completamente perdidos.
—¿De veras, Shandon? Porque si eso es cierto, el peligro que corremos es grave.