Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —SÃ, Wall, grave, no sólo respecto de la máquina que, faltando combustible, no nos servirá de nada en una circunstancia crÃtica, sino que también bajo el punto de vista de una invernada, a que tarde o temprano tendremos que llegar. Y es menester pensar algo en el frÃo en un paÃs en que el mercurio se hiela con frecuencia dentro del termómetro[27].
—Pero, si no me engaño, Shandon, el capitán cuenta con renovar sus provisiones en la isla de Beechey, donde debe hallar carbón en abundancia.
—¿En estos mares, Wall, se va donde se quiere? ¿Estamos seguros de hallar tal o cual estrecho libre de hielos? Y si no da con la isla de Beechey, o no puede llegar a ella, ¿qué será de nosotros?
—Tenéis razón, Shandon; Hatteras me parece imprudente, pero ¿por qué vos mismo no le hacéis acerca del particular algunas observaciones?
—No, Wall —respondió Shandon con una amargura mal disimulada—; he resuelto callar; no soy ya el responsable del buque; aguardaré los acontecimientos; me mandan, obedezco, y no doy mi opinión.
—Permitidme deciros que hacéis mal, Shandon, pues se trata de un interés común, y las imprudencias del capitán pueden costarnos caras a todos.
—Y si le hablase, Wall, ¿me escucharÃa?
Wall no se atrevió a contestar afirmativamente.