Aventuras del capitan Hatteras

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Pronto la lancha se encontró cerca de la ballena. Simpson hizo una señal con la mano, que obligó a los remeros a dejar de bogar, y blandiendo su formidable arpón, lo arrojó diestramente y con fuerza; el arma se hundió en el grasiento dorso del cetáceo. La ballena, herida, sacudió su cola hacia atrás y se sumergió. Los marineros levantaron perpendicularmente los remos; la cuerda, atada al arpón y preparada de antemano, se desenrolló con gran rapidez, y la lancha fue arrastrada, en tanto Johnson la dirigía fácilmente.

La ballena, en su fuga, se alejaba del bergantín y avanzaba hacia los icebergs, puestos en movimiento. Así corrió por espacio de media hora, siendo preciso mojar la cuerda del arpón para que no se inflamase con el roce. Cuando disminuyó la velocidad del animal se fue sacando la cuerda poco a poco y arrollándose con cuidado. No tardó la ballena en reaparecer en la superficie de las aguas, que azotó con su formidable cola, y verdaderas mangas de agua levantadas por ella caían sobre la lancha formando una violenta lluvia. La lancha se acercó rápidamente al monstruo. Simpson había cogido una larga lanza y se aprestaba a combatir al animal cuerpo a cuerpo.

Pero la ballena se introdujo con la mayor velocidad en un paso que dejaban entre sí dos montañas de hielo. La persecución era entonces sumamente peligrosa.

—¡Diablos! —exclamó Johnson.


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