Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Las aves eran aún muy numerosas y atronaban con sus chillidos. Algunas focas, muellemente echadas sobre témpanos que iban derivando, levantaban su cabeza, poco asustadas, y movÃan su largo cuello al pasar el buque. Éste, rozando con su flotante morada, dejaba más de una vez en ellas hojas de su forro retorcidas por el frote como virutas.

Por fin, después de seis dÃas de lenta navegación, el l.° de agosto se descubrió, por el lado del Norte, la punta, de Beecher. Hatteras pasó las últimas horas pegado a un mastelero de juanete; el mar libre, entrevisto por Stewart el 30 de mayo de 1851, a los 76° 20′ de latitud, no podÃa estar lejos, y, sin embargo, Hatteras, por más que paseaba sus miradas por los últimos lÃmites del horizonte, no percibió ningún indicio de mares polares libres de hielos. Bajó sin decir una palabra.
—¿Y vos creéis en ese mar libre? —preguntó Shandon al teniente.
—Empiezo a poner en duda su existencia —respondió James Wall.
—¿No tenÃa yo, pues, razón en calificar de quimera e hipótesis el pretendido descubrimiento? No se me ha hecho caso, y vos mismo, Wall, os habéis declarado contra mÃ.
—Os creeré en lo sucesivo, Shandon.