Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —En efecto, parece un inmenso ejército de animales antediluvianos, como los que se supone que han habitado el Polo. ¡Cómo avanzan! ¡Parece que quieren ver cuál llega antes!
—Y —añadió Johnson—, algunos hay que vienen armados de lanzas agudas, de las que os aconsejo que procuréis libraros, señor Clawbonny.
—¡Es un verdadero sitio! —exclamó el doctor—; pues bien, ¡corramos a las trincheras!
Y se precipitó hacia popa, donde la tripulación, armada de pértigas, espeques y palancas, se preparaba para rechazar aquel formidable asalto.
El alud llegaba y era cada vez mayor, asimilándose los hielos circundantes que arrastraba en su torbellino. Por orden de Hatteras, el cañón que habÃa en la proa, para romper aquella lÃnea amenazadora, disparaba balas rasas. Pero llegó el alud y se lanzó contra el bergantÃn, que chascó con estrépito, y como fue asaltado por el costado de estribor, se rompió una parte de su filarete.
—¡Que nadie se mueva! —gritó Hatteras—. ¡Atención a los hielos!