Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Con el auxilio y la experiencia de Johnson, empezó a tomar todas las medidas que requería su invernada. Según sus cálculos, el Forward había sido arrastrado a doscientas cincuenta millas de la última tierra conocida, es decir, el Nuevo Cornualles, y estaba descansando en un campo de hielo como en un lecho de granito, del cual no podía arrancarle ningún poder humano.
Ni una gota había de agua libre en aquellos vastos mares atacados por el invierno ártico. Los icefields se iban eslabonando hasta perderse de vista, pero sin ofrecer una superficie unida. Lejos de eso, numerosos icebergs erizaban la llanura helada, y el Forward se encontraba abrigado por los más altos que había entre ellos sobre tres puntos del campo, siendo el viento del Sudeste el único que podía llegarle. Figurémonos rocas en lugar de témpanos, verdor en lugar de nieve, y que el mar recobra su estado líquido, y tendremos el bergantín tranquilamente fondeado en una hermosa bahía, a cubierto de los vientos más temibles. ¡Pero qué soledad bajo aquella latitud! ¡Qué naturaleza tan triste! ¡Qué lamentable contemplación!
Aunque el buque estaba inmóvil, la prudencia aconsejaba sujetarlo con fuerza por medio de sus anclas, pues eran de temer los deshielos posibles o los movimientos submarinos. Johnson, al conocer la situación del Forward en el polo del frío, multiplicó considerablemente sus medidas de invernada.