Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Siguiendo su costumbre, el día 23 de enero por la mañana se hallaba en una de esas barcas de vapor, muy anchas, que para no tener que virar en redondo llevan un gobernalle en cada extremo y hacen incesantemente el servicio entre las dos orillas del Mersey. Reinaba entonces una de esas nieblas habituales, que obligan a los barqueros del río a echar mano de la brújula, no obstante ser su travesía de unos diez minutos escasos.

La espesa niebla no pudo, sin embargo, impedir que Shandon viese a un hombre de poca estatura, bastante grueso, de cara fina y alegre y mirada amable, que se dirigió a él, le cogió las dos manos, y las sacudió con un vigor, una petulancia, una familiaridad enteramente meridionales; hubiérase dicho que aquel hombrecillo era francés.

Aquel personaje, aun siendo del Mediodía, hubiera parecido extraordinario. Hablaba como un descosido, gesticulaba con la volubilidad de un molino de viento; su pensamiento tenía a toda costa que salir fuera, so pena de hacer estallar la máquina. Sus ojos pequeños como suelen ser los de los hombres perspicaces, vivarachos; su boca, grande y en acción continua, eran otras tantas válvulas de seguridad que le permitían desprenderse del exceso de plenitud de sí mismo. Hablaba, y hablaba, preciso es confesarlo, tanto y tan alegremente, que Shandon no comprendía una palabra de tantas como le decía.


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