Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Sin embargo, debemos decir que todo ejercicio violento, haciendo tanto frío, sofoca muy pronto. Un hombre no puede realizar la cuarta parte de su trabajo habitual, y es imposible manejar los utensilios de hierro, porque Si la mano los coge sin precaución, experimenta un dolor análogo al de una quemadura y deja pedazos de su tegumento pegados al objeto imprudentemente cogido.
La tripulación, confinada en el buque, quedó, pues, reducida a pasearse por espacio de dos horas diarias por la cubierta entoldada, donde se le permitía fumar, lo que estaba prohibido en la sala común.
Allí, luego que el fuego disminuía, el hielo invadía las paredes y las junturas del suelo, y no había hebilla, clavo de hierro, ni plancha de metal que no se cubriese inmediatamente de una capa de hielo.
La instantaneidad del fenómeno maravillaba al doctor. El aliento de los hombres se condensaba en el aire, y pasando de pronto del estado fluido al sólido, caía convertido en nieve en torno suyo. A muy poca distancia de la estufa, el frío recobraba toda su energía y la tripulación permanecía junto al fuego formando un apretado grupo.