Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor, sin embargo, les aconsejaba que se hiciesen aguerridos, que se familiarizasen con aquella temperatura que no habÃa seguramente dicho aún su última palabra; les recomendaba que sometiesen poco a poco su epidermis a aquellas impresiones intensas, y predicaba con el ejemplo, pero la pereza o el entorpecimiento dejaba a la mayor parte de los marinos clavados en su puesto, y no se querÃan mover, prefiriendo dormirse junto a la escasa lumbre.
En cuanto a John Hatteras, no parecÃa resentirse de la influencia de aquella temperatura. Se paseaba silenciosamente, como tenÃa por costumbre. ¿No se habrÃa apoderado el frÃo de su enérgica constitución? ¿PoseÃa hasta el más alto grado el principio de calor natural que buscaba en sus marineros? ¿Estaba acorazado con su idea fija hasta el punto de sustraerse a las impresiones exteriores? No sin asombro le veÃan los tripulantes retar impertérrito aquellos veinticuatro grados bajo cero; pasaba fuera del buque horas enteras, y volvÃa sin que se notasen en su rostro las señales del frÃo.
—¡Es un hombre extraño —decÃa el doctor a Johnson—, y hasta yo mismo estoy asombrado! ¡Lleva en sà mismo un horno ardiendo! ¡Es una de las más poderosas naturalezas que he estudiado en mi vida!
—El hecho es —respondió Johnson— que va, viene, circula al aire libre, sin abrigarse más que en el mes de junio.