Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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El doctor cuidaba a sus enfermos con el mayor celo, y su corazón sufría en presencia de males que no podía aliviar. Sin embargo, hacía brotar la mayor alegría posible del seno de aquella tripulación consternada. Sus palabras, sus consuelos, sus reflexiones filosóficas, sus felices ocurrencias, rompían la monotonía de aquellas largas horas de dolor; leía en voz alta; su asombrosa memoria le suministraba narraciones recreativas, en tamo que los marineros aún no desvalidos formaban alrededor de la estufa un estrecho círculo; pero los gemidos de los enfermos, sus quejas, sus gritos de desesperación le interrumpían algunas veces, y él, suspendiendo sus anécdotas, volvía a convertirse en médico servicial y celoso.

Su salud, por otra parte, resistía. No enflaquecía, y su gordura hacía las veces de un abrigo. Así es que él decía que estaba muy contento de hallarse vestido como las focas y las ballenas, que, gracias a sus espesas capas de grasa, soportan fácilmente los ataques de una atmósfera ártica.

Hatteras no experimentaba nada, ni física ni moralmente. Parecía que los sufrimientos de su tripulación le afectaban muy poco. Tal vez no permitía a su rostro reflejar sus emociones interiores, y, sin embargo, un observador atento hubiera sorprendido algunas veces un corazón de hombre palpitando bajo aquella armadura de hierro.


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