Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor lo analizaba, lo estudiaba, sin poder llegar a clasificar aquella organización extraña, aquél temperamento sobrenatural.
El termómetro bajó aún más; el paseo de cubierta estaba desierto, y los perros esquimales eran los únicos que lo recorrían lanzando lastimosos aullidos.
Había siempre un hombre de guardia junto a la estufa para cuidar de que no se apagase, lo que era muy importante, pues apenas empezaba a disminuir la lumbre, el frío penetraba en la sala, el hielo se incrustaba en las paredes, y la humedad, súbitamente condensada, caía como una nevada sobre los infortunados habitantes del bergantín.
En medio de tan indecibles tormentos, llegó el 8 de diciembre. Por la mañana, el doctor fue a consultar, como tenía por costumbre, el termómetro colocado en el exterior. Halló el mercurio enteramente helado en el tubo.
«¡Cuarenta y cuatro grados bajo cero!», dijo con asombro.
Y aquel día se echó en la estufa el último pedazo de carbón que había a bordo.
