Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Dices bien, Johnson; nuestra suerte está muy lejos de parecerme asegurada; esta situación es espantosa, y si nos llega a faltar todo género de combustible, no veo ya medio…
—¡Aún quedarÃa uno!
—¿Uno? —respondió Bell.
—¡SÃ, Bell! En el último extremo… Pero jamás el capitán… Y, sin embargo, tal vez será preciso recurrir a él.
El viejo Johnson sacudió tristemente la cabeza y se abismó en reflexiones silenciosas, de las que Bell no quiso sacarle. SabÃa que aquellos pedazos de grasa tan laboriosamente adquiridos, no durarÃan ocho dÃas a pesar de la más severa economÃa.
El contramaestre no se engañaba. Algunos osos, atraÃdos por las exhalaciones fétidas, se presentaron a sotavento del Forward, y los hombres útiles les dieron caza, pero los osos están dotados de una agilidad suma y de una astucia que burla todas las estratagemas, por lo que fue imposible acercarse a ellos, y las balas de los más diestros tiradores no pudieron alcanzarlos.
La tripulación del bergantÃn estaba seriamente expuesta a morir de frÃo, y era incapaz de resistir cuarenta y ocho horas a aquella temperatura cuando invadiese la sala común. Todos veÃan con terror acercarse a su conclusión el último pedazo de combustible.