Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Y este último pedazo se consumió el 20 de diciembre a las tres de la tarde. El fuego se apagó, y los marineros, formando círculo alrededor de la estufa, se miraban con ojos azorados. Hatteras permaneció inmóvil en su rincón, y el doctor, según su costumbre, se paseaba con agitación, sin encontrar en su ingenio ningún recurso.
La temperatura bajó de pronto en la sala a 7° bajo cero (—22° centígrados).
Pero si el doctor había agotado sus recursos, si no sabía ya qué hacer, otros lo sabían. Shandon, frío y resuelto; Pen, echando chispas por los ojos, y dos o tres de sus camaradas, de los que aún podían arrastrarse, se dirigieron hacia Hatteras.
—¡Capitán! —dijo Shandon.
Hatteras, absorbido en sus pensamientos, no lo oyó.
—¡Capitán! —insistió Shandon, tocándole con la mano.
Hatteras se levantó.
—¿Qué se os ofrece? —dijo.
—Capitán, no tenemos fuego.
—¿Y qué? —respondió Hatteras.
—¡Si vuestra intención es que muramos de frío —repuso Shandon con una terrible ironía—, os suplicamos que nos lo digáis!