Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Mi intención —repuso Hatteras con voz grave— es que cada cual cumpla con su deber, hasta lo último.
—Hay algo superior al deber, capitán —respondió el segundo—, y es el derecho a la propia conservación. Os repito que no tenemos fuego, y que, siguiendo asÃ, no vivirá dentro de dos dÃas ni uno solo de nosotros.
—Yo no tengo leña —respondió sordamente Hatteras.
—¡Pues bien! —gritó Pen con violencia—. ¡Cuando no hay leña se va a cortar donde se encuentre!
Hatteras palideció de cólera.
—¿Dónde? —dijo.
—A bordo —respondió insolentemente el marinero.
—¡A bordo! —respondió el capitán, con los puños crispados y los ojos centelleantes.
—Eso es —respondió Pen—. ¡Cuando el buque no sirve ya para llevar su tripulación, se le quema!
Al principiar Pen su frase, Hatteras habÃa cogido un hacha; al concluirla, el hacha estaba levantada sobre la cabeza del marinero.
—¡Miserable! —gritó.
