Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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El doctor se puso delante de Pen y lo separó; el hacha, al caer, quedó profundamente hundida en el pavimento. Johnson, Bell y Simpson, agrupados alrededor de Hatteras, parecían resueltos a sostenerle. Pero voces lamentables, quejumbrosas, dolientes, salieron de aquellos coys, transformados en lechos de muerte.

—¡Fuego, fuego! —Gritaban los pobres enfermos, invadidos por el frío bajo sus mantas.

Hatteras hizo un esfuerzo sobre sí mismo, y después de algunos instantes de silencio, pronunció tranquilamente estas palabras:

—Si destruimos nuestro buque, ¿cómo volveremos a Inglaterra?

—Capitán —respondió Johnson—, podríamos tal vez quemar sin inconvenientes las partes menos útiles: las bordas…

—Quedarían siempre las lanchas —repuso Shandon—. Y, además, ¿quién nos impediría construir un buque más pequeño con los restos del antiguo?

—¡Jamás! —respondió Hatteras.

—Pero… —Repusieron muchos marineros levantando la voz.

—Tenemos abundancia de alcohol —respondió Hatteras—. Quemad hasta la última gota.

—¡Bien por el alcohol! —respondió Johnson, afectando una confianza que su corazón no abrigaba.


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