Aventuras del capitan Hatteras

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Y con el auxilio de largas mechas, sumergidas en aquel licor, cuya llama pálida lamía las paredes de la estufa, pudo elevar algunos grados la temperatura de la sala.

Durante los días que siguieron a aquella escena de desolación, el viento volvió al Sur, y subió el termómetro. La nieve formaba torbellinos en una atmósfera menos rígida. Algunos marineros pudieron salir del buque durante las horas menos húmedas del día; pero las oftalmías y el escorbuto obligaron a la mayor parte a permanecer a bordo. Además, la pesca y la caza no fueron practicables.

Y amén de todo, aquella leve aminoración de las atroces violencias del frío no era más que una tregua pasajera, pues el 25, después de una inesperada variación del viento, el mercurio helado desapareció de nuevo del tubo del instrumento, y hubo que recurrir al termómetro de alcohol, que no llegan a congelar los fríos más intensos.

El doctor, espantado, lo encontró a 66° bajo cero (—52° centígrados). Difícilmente habrá sido nunca dado al hombre soportar semejante temperatura.


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