Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El hielo se extendÃa sobre el pavimento formando largos espejos empañados. Una niebla espesa invadÃa la sala; la humedad se convertÃa en densa niebla; no se veÃan los unos a los otros; el calor humano se retiraba de las extremidades del cuerpo; los pies y las manos se volvÃan azules; rodeaba la cabeza un cÃrculo de hielo, y el pensamiento, confuso, debilitado, helado, conducÃa al delirio. ¡SÃntoma espantoso! La lengua no podÃa articular una palabra.
Hatteras, desde el dÃa en que se le amenazó con quemar su buque, vagaba muchas horas sobre cubierta. Estaba alerta, vigilaba. ¡Aquella madera era su carne! ¡Cortando un pedazo de ella, se le cortaba un miembro! Estaba armado, y hacÃa de centinela, insensible al frÃo, a la nieve, al hielo que atiesaba sus vestidos y le envolvÃa como una coraza de granito. Duck, comprendiéndole, seguÃa sus paseos y le acompañaba con sus aullidos.

Sin embargo, el 25 de diciembre bajó a la sala común. El doctor, aprovechando un resto de energÃa, fue derecho a él.
—¡Hatteras —le dijo—, vamos a morir por falta de fuego!
—¡Jamás! —contestó Hatteras, sabiendo bien a qué petición respondÃa.
—Es preciso —repuso nuevamente el doctor.