Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Jamás! —repitió Hatteras con más fuerza—. ¡Jamás lo Consentiré! ¡Jamás! ¡Que se me desobedezca si se quiere!
Eso era dar libertad de obrar, y Johnson y Bell se lanzaron a la cubierta. Hatteras oyó crujir bajo el hacha la madera de su bergantÃn, y lloró.
Aquel dÃa era el dÃa de Navidad, la fiesta de la familia; en Inglaterra, la noche de las reuniones infantiles. ¡Qué amargo recuerdo el de aquellas criaturas alegres alrededor de un árbol adornado con cintas! ¿Quién no recordarÃa entonces aquellas espaciosas fuentes de carne asada que suministraba el buey cebado expresamente para aquella ocasión? ¿Y aquellas tortas, y aquellos pasteles en que se hallaban amalgamados ingredientes de todo género para aquel dÃa tan caro a los corazones ingleses? ¡Qué contraste con aquel dolor, con aquella desesperación, con aquella miseria a su colmo, y para árbol de Navidad, un pedazo de madera de un buque perdido en lo más profundo de la zona glacial!
Sin embargo, bajo la influencia del fuego, recobró sentimiento y fuerza el corazón de los marineros; las tazas calientes de té o de café produjeron un bienestar instantáneo, y la esperanza se arraiga tan tenazmente en el ánimo que el corazón se regocija a la menor de sus sonrisas. En medio de tantas alternativas terminó aquel año funesto de 1860, cuyo precoz invierno habÃa burlado los atrevidos proyectos de Hatteras.