Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Y sucedió que precisamente el 1 de enero de 1861 fue señalado por un inesperado descubrimiento. Hacía un poco menos de frío; el doctor había vuelto a sus acostumbrados estudios, y leía las relaciones de Sir Edward Belcher sobre su expedición a los mares polares. De repente, un pasaje, hasta entonces inadvertido, le llenó de asombro; volvió a leerlo, y vio que no se había equivocado.
Sir Edward Belcher refería que después de haber llegado al extremo del canal de la Reina, había descubierto vestigios importantes del paso y de la permanencia de los hombres.
«Son —decía— restos de viviendas muy superiores a cuanto se puede atribuir a las costumbres groseras de las tribus errantes de esquimales. Sus paredes están bien sentadas en una tierra profundamente cavada; el área del interior, cubierta de una capa espesa de excelente casquijo, está enlosada. Osamentas de renos, zorras y focas se encuentran allí en gran número. Allí nosotros encontramos también carbón».
A estas últimas palabras brotó una idea en el cerebro del doctor; cogió su libro, y enseñó el pasaje a Hatteras.
—¡Carbón! —exclamó éste.
—¡Sí, Hatteras, carbón, es decir, la salvación para nosotros!