Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Johnson, yo sólo tengo confianza en vos. Sois el único oficial a quien puedo dejar mi buque. Es menester que permanezcáis en él para vigilar a Shandon y a los otros. Se hallarán aquà encadenados por el invierno, ¿pero quién sabe las funestas resoluciones de que su maldad es capaz? Os daré mis instrucciones formales, que, en caso necesario, pondrán el mando en vuestras manos. Vos seréis otro yo. Nuestra ausencia será todo lo más de cuatro o cinco semanas, y yo estaré tranquilo teniéndoos a vos donde no puedo hallarme yo. Necesitaréis leña, Johnson. —¡Ya lo sé!
—Pero, en cuanto sea posible, salvad mi pobre bergantÃn. ¿Me entendéis, Johnson?
—Perfectamente, capitán —respondió el viejo marino—. Y me quedaré, puesto que os conviene.
—¡Gracias! —dijo Hatteras estrechando la mano de su contramaestre, y añadió—: Si no vuelvo, Johnson, aguardad hasta el próximo deshielo, y procurad verificar un reconocimiento hacia el Polo. Si los demás se oponen a ello, no penséis más en nosotros, y reconducid al Forward a Inglaterra.
—¿Es ésa vuestra voluntad, capitán?
—Mi voluntad absoluta —respondió Hatteras.
—Vuestras órdenes serán ejecutadas —dijo sencillamente Johnson.