Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Se les ocurrió a todos la idea de disparar sus armas, a fin de señalar un punto de reunión. Pero si el sonido de la voz parecÃa demasiado débil, los estampidos de las armas de fuego eran demasiado fuertes, pues los ecos se apoderaban de ellos y producÃan un estrépito confuso, sin dirección apreciable.
Entonces obró cada cual según sus instintos. Hatteras se detuvo y, cruzándose de brazos, aguardó. Simpson se contentó con detener su trineo, lo que le costó bastante. Bell retrocedió buscando solÃcitamente las huellas con la mano. El doctor, tropezando con los témpanos, caÃa y se levantaba, iba de derecha a izquierda, volvÃa de izquierda a derecha, y se extraviaba más y más.
A los cinco minutos se dijo:
«¡Esto no puede durar! ¡Singular clima! ¡En él lo imprevisto abunda demasiado! ¡No se sabe con qué contar; además, esos prismas agudos que destrozan la cara!».
—¡Eh! ¡Eh! ¡Capitán! —gritó de nuevo.
Pero no obtuvo respuesta. Por lo que pudiera tronar, volvió a cargar su escopeta, y a pesar de sus gruesos guantes, el frÃo del cañón le quemaba las manos. Durante esta operación, le pareció entrever una masa confusa, que se movÃa a pocos pasos de él.
—¡Al fin! —exclamó—. ¡Bell! ¡Simpson! ¿Sois vosotros? ¡Veamos, responded!