Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Oyóse un sordo gruñido.
«¡Cáspita! —pensó el buen doctor—. ¿Quién andará por ah�».
La mole se acercaba. Perdiendo su dimensión primera, se marcaban mejor sus contornos.
Un pensamiento terrible nació en el cerebro del doctor.
—¡Un oso! —se dijo.

En efecto, debÃa de ser un oso de gran tamaño. Extraviado en la niebla, iba, venia, retrocedÃa a riesgo de tropezar con los viajeros, cuya presencia seguramente no sospechaba.
«¡La cosa se complica!», pensó el doctor, permaneciendo inmóvil.
Tan pronto sentÃa el soplo del animal, que poco después se perdÃa en el frost-rime, como entreveÃa las patas enormes del monstruo, que azotaban el aire y pasaban tan cerca de él que sus agudas garras hicieron más de un rasguño en sus vestiduras. El doctor saltaba hacia atrás, y entonces la mole en movimiento se desvanecÃa a la manera de un espectro fantasmagórico.
Pero el doctor, retrocediendo, notó que el suelo se levantaba bajo sus pasos, y con la ayuda de las manos, subió encima de un témpano, y después encima de otro, y tentó con la punta de su palo.