Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Aullidos de toda especie salÃan entonces de la niebla, como un espantoso concierto. Duck y los demás perros ladraban furiosos. Todo aquel ruido parecÃa un zumbido formidable, pero sin sonoridad, como sucede con los sonidos que se producen en una sala acolchada. Se comprendÃa que en el fondo de aquella espesa bruma se empeñaba algún combate invisible, y el vapor se agitaba algunas veces, como un mar durante la lucha de los monstruos marinos.
—¡Duck! ¡Duck! —gritó el capitán disponiéndose a volver a entrar en el frost-rime.
—¡Esperad, Hatteras, esperad! —respondió el doctor—. Me parece que la niebla se disipa.
No se disipaba, sino que bajaba como el agua de un estanque que se vacÃa poco a poco. ParecÃa que entraba de nuevo en el suelo donde habÃa nacido. Las cumbres resplandecientes de los icebergs crecÃan encima de ella, y otros, sumergidos hasta entonces, salÃan como islas nuevas. Por una ilusión óptica fácil de concebir, los viajeros, firmes en sus conos de hielo, creÃan elevarse en la atmósfera a medida que el nivel superior de la niebla se deprimÃa debajo de ellos.
Pronto apareció lo alto del trineo, y luego los perros de tiro, y luego otros animales en número de unos treinta, y luego gruesas moles que se agitaban, y Duck que saltaba y que sacaba la cabeza de la capa helada y la escondÃa y la sacaba nuevamente.