Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Estaban también atacados de una enfermedad especial que produce el estar siempre mirando la blancura. Aquel resplandor uniforme ofendía, embriagaba, causaba vértigo; la tierra, al parecer, faltaba, y no ofrecía ningún punto fijo en aquel inmenso espacio: el sentimiento que se experimentaba era análogo al del mareo, durante el cual la cubierta del buque huye bajo los pies del mareado; los viajeros no podían acostumbrarse a aquel efecto, y su continuación les hacía perder la cabeza. Una especie de entorpecimiento se apoderaba de sus miembros, cierta somnolencia invadía su espíritu, y con frecuencia andaban medio dormidos. Entonces un vaivén, un tropezón inesperado, una caída a veces, les sacaba de su inercia, a la cual volvían pocos instantes después.
El 25 de enero empezaron a descender por rápidas pendientes. Aquellos declives helados aumentaron más y más sus fatigas, pudiendo un traspié o un paso en falso, muy difícil de evitar, arrojarlos a profundos derrumbaderos, y entonces su perdición era inevitable.
Al anochecer, una tempestad de una violencia suma barrió las nevadas cumbres. La fuerza del huracán era irresistible, y era preciso echarse al suelo; pero como la temperatura era muy baja, se corría el peligro de quedar instantáneamente helado.