Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Bell, con auxilio de Hatteras, construyó, no sin mucho trabajo, una casa de nieve, donde los infelices buscaron abrigo. Allí tomaron una cantidad insignificante de pemmican y un poco de té caliente. No quedaban ya más que cuatro galones de alcohol, que se necesitaban para poder apagar la sed, pues para el caso la nieve no puede ingerirse en el estómago en su forma natural, sino que es menester derretirla antes. En los países templados, en que el frío desciende apenas bajo el punto de congelación, la nieve puede no ser nociva; pero más allá del círculo polar es muy diferente. Alcanza una temperatura tan baja que no se puede coger con la mano, como no se puede coger un pedazo de hierro hecho ascua. Hay, pues, entre la nieve y el estómago una diferencia tal de temperatura, que su absorción produce una verdadera sofocación. Los esquimales prefieren arrostrar los mayores tormentos a introducir en su boca aquella nieve, que no puede remplazar al agua, y aumenta la sed en lugar de templarla. Los viajeros no podían, pues, extinguir la suya sin derretir la nieve, exponiéndola a la llama del alcohol.

A las tres de la mañana, durante lo más intenso de la tempestad, el doctor estaba de vigilancia, recostado contra la pared de la casa de nieve, cuando los tristes gemidos de Simpson llamaron su atención.


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