Aventuras del capitan Hatteras

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El crepúsculo daba entonces una cantidad de luz suficiente, la cual, reflejada por la nieve, abrasaba los ojos. Difícil era protegerse contra aquella reflexión, porque los cristales de los anteojos se cubrían de una costra de hielo que los volvía opacos, y entonces interceptaban la visión. Pero era preciso examinar con cuidado los menores accidentes del camino y descubrirlos desde muy lejos, por lo que había necesidad de desafiar los peligros de la oftalmía. Sin embargo, el doctor y Bell, tapándose los ojos, se relevaban sucesivamente en el cargo de dirigir el trineo.

Éste se deslizaba mal sobre sus bastidores ya gastados, y el arrastre era cada día más penoso. Las dificultades del terreno no disminuían. Aquél era un continente de naturaleza volcánica, surcado de grietas en todas direcciones y erizado de crestas vivas. Los viajeros habían tenido que elevarse poco a poco a una altura de 1.500 pies para salvar la cumbre de las montañas. La temperatura era muy dura; las ráfagas y los torbellinos se desencadenaban con la mayor violencia, y era un triste espectáculo el que ofrecían aquellos desventurados recorriendo a rastras cimas solitarias.



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