Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Durante las treinta y seis horas pasadas en la casa de nieve y entre los témpanos de la barranca, el doctor había observado a Duck, cuyas singulares maneras no le parecían naturales: el animal daba vueltas incesantes, describiendo mil rodeos imprevistos que parecían tener todos un centro común, siendo éste una especie de elevaciones, producidas por diferentes capas de hielo sobrepuestas. Duck, dando vueltas alrededor de aquel punto, aullaba sordamente, meneaba su cola con impaciencia, miraba a su amo y parecía interrogarle.

El doctor, después de reflexionar, atribuyó aquel estado de inquietud a la presencia del cadáver de Simpson, que permanecía insepulto por no haber sus compañeros tenido aún tiempo de enterrarle.

Resolvió, pues, proceder a esta triste ceremonia en aquel mismo día. Debía emprenderse la marcha en la madrugada del siguiente.

Bell y el doctor cogieron las azadas y se dirigieron hacia el fondo del barranco. La prominencia indicada por Duck ofrecía un sitio favorable para depositar en ella el cadáver, siendo preciso enterrarlo profundamente para sustraerlo a la voracidad de los osos.

El doctor y Bell empezaron por quitar la capa superficial de la nieve blanda, y después cavaron en el hielo endurecido. Al tercer azadonazo, el doctor encontró un cuerpo duro que se rompió, y reconoció que sus pedazos eran los restos de una botella de vidrio.


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