Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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—Pues bien —repuso Hatteras—, vamos a descansar dos días, lo que no me parece demasiado. El trineo tiene necesidad de importantes reparaciones. Opino, pues, que debemos construir una casa de nieve, donde podamos rehacemos algo.

Decidido este punto, los tres viajeros empezaron a trabajar con ardor; Bell tomó las precauciones necesarias para asegurar la solidez de su construcción, y muy pronto se levantó un albergue suficiente en el fondo de la barranca en que se había hecho el último alto.

Hatteras había tenido sin duda que violentarse mucho para interrumpir su viaje. ¡Tantas penas, tantas fatigas perdidas! ¡Una excursión inútil que había costado la vida de un hombre! ¡Volver a bordo sin un pedazo de carbón! ¿Qué dirá la tripulación? ¿Qué hará, inspirada por Ricardo Shandon? Pero Hatteras ya no podía luchar más.

Todos sus cuidados se refirieron entonces a los preparativos de regreso. El trineo fue reparado. Además, su cargamento había disminuido mucho, y escasamente pesaría 200 libras. Se remendaron los vestidos gastados, destrozados, empapados en nieve y endurecidos por las heladas, y botas y snow-shoes nuevos remplazaron a los viejos, ya inservibles. En estos trabajos se invirtieron todo el día 29 y la mañana del 30; los tres viajeros se rehicieron bastante y cobraron fuerzas para el porvenir.


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