Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Dichas estas palabras, el doctor se encapuzó lo mejor que pudo, y, apoyándose en un palo con punta de hierro, emprendió el camino en dirección al lugar donde había dejado el trineo, en medio de una bruma que la Luna volvía casi luminosa.

Johnson y Bell empezaron inmediatamente su obra. El viejo marino excitaba con sus palabras al carpintero, que trabajaba en silencio; no había nada que construir, sino que ahuecar un gran témpano; el hielo, muy duro, volvía muy penoso el uso del cuchillo, pero en cambio su dureza aseguraba la solidez del albergue, y muy pronto Johnson y Bell pudieron trabajar a cubierto en su cavidad, echando fuera lo que quitaban de la masa compacta.

Hatteras andaba de cuando en cuando algunos pasos, y se detenía de pronto. Evidentemente, no quería llegar al sitio en que había sido destruido su desgraciado bergantín.

El doctor, tal como lo había prometido, estuvo pronto de vuelta. Traía a Altamont tendido sobre el trineo y envuelto en los pliegues de la tienda. Los perros groenlandeses, flacos, extenuados, hambrientos, podían apenas tirar y roían sus correas. Tiempo era ya de que todos, hombres y animales, tomasen algún alimento y se permitiesen algún descanso.


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