Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras En tanto que se iba agrandando la cavidad en el hielo, el doctor, husmeando de un lado a otro, tuvo la buena suerte de hallar una pequeña estufa que la explosión habÃa casi respetado, y cuyo torcido tubo pudo fácilmente enderezarse. El doctor cargó con ella dándose aires de triunfo. A las tres horas la casa de hielo era habitable, y se colocó en ella la estufa, llenándola de astillas. Ardió al momento, y esparció alrededor un calor benéfico.
El americano fue introducido en el albergue y se le tendió en el fondo, sobre mantas. Los cuatro ingleses se colocaron alrededor del fuego, y bien o mal les dieron vigor las últimas provisiones del trineo, un poco de galleta y té caliente.
Hatteras no decÃa una palabra, y todos respetaban su silencio.
Terminada la comida, el doctor hizo señal a Johnson de que le siguiese.
—Ahora —le dijo— vamos a hacer el inventario de lo que nos queda. Es preciso que conozcamos exactamente el estado de nuestras riquezas, que se hallan esparcidas en el mayor desorden. Se trata de juntarlas. Puede nevar de un momento a otro, y, si tal sucediese, nos serÃa imposible encontrar luego el menor resto del buque.
—AsÃ, pues, no perdamos tiempo —respondió Johnson—. VÃveres y leña, he aquà lo que tiene para nosotros una importancia inmediata.