Aventuras del capitan Hatteras

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Pero aquel hierro, que hubiera hecho la fortuna de una tribu de esquimales, no era de ninguna utilidad en aquellas circunstancias. Lo que principalmente convenía hallar eran víveres, y víveres hallaba el doctor muy pocos.

«La cosa no marcha —se decía—; es evidente que la despensa, situada cerca de la santabárbara, ha quedado enteramente destruida por la explosión, y lo que no ha sido quemado debe de estar reducido a moléculas imperceptibles. Mal anda el negocio. Si Johnson no ha sido más afortunado que yo, no sé lo que va a ser de nosotros».

Sin embargo, ensanchando el círculo de sus investigaciones, el doctor llegó a recoger como cosa de quince libras de pemmican, y cuatro botellas de barro, que arrojadas a lo lejos sobre una nieve blanda, habían escapado de la destrucción y contenían cinco o seis pintas de aguardiente.

Más lejos recogió dos paquetes de granos de codearía, que venían de molde para compensar la pérdida del zumo de limón, tan propio para combatir el escorbuto.


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