Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Durante aquel día no fue posible salir del albergue. Afortunadamente, la habitación era cómoda, o, al menos, lo parecía a aquellos viajeros molidos que no estaban en el caso de pedir gollerías. La estufa se conducía admirablemente, menos cuando algunas ráfagas violentas rechazaban el humo hacia el interior de la morada. Su calor, además de reconfortar sus ateridos miembros, permitíales preparar sendas tazas de té y café, que tomaban casi hirviendo, y cuya influencia es tan maravillosa en las bajas temperaturas.
Los náufragos, pues bien merecen este nombre, experimentaban un bienestar al que desde hacía mucho tiempo no estaban acostumbrados, y así es que no pensaban más que en aquel instante presente, en aquel calor benéfico, en aquel reposo momentáneo, olvidando y desafiando casi el porvenir, que les amenazaba con una muerte tan próxima.
