Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El americano sufrÃa menos y volvÃa poco a poco a la vida. AbrÃa los ojos, pero no hablaba, pues sus labios ostentaban las huellas del escorbuto y no podÃan formular un sonido. OÃa, sin embargo, y se le puso al corriente de la situación. Meneó la cabeza dando gracias. Se veÃa salvado de un hundimiento en la nieve, y el doctor tuvo la discreción de no darle a conocer cuán corto era el aplazamiento que se habÃa concedido a su muerte, pues dentro de quince dÃas, o, todo lo más, tres semanas, los vÃveres habrÃan de faltar absolutamente.
A cosa de mediodÃa, salió Hatteras de su inmovilidad, y se acercó al doctor, a Johnson y a Bell.
—Amigos mÃos —les dijo—, vamos a tomar juntos una resolución definitiva respecto de lo que nos queda por hacer. Pero antes quisiera que Johnson me dijese en qué circunstancias se ha consumado la traición que nos pierde.
—¿Para qué queréis saberlo? —respondió el doctor—. El hecho es cierto, y no hay que pensar en ello.
—Al contrario —respondió Hatteras—, yo pienso en ello, pero, después de la narración de Johnson, lo olvidaré para siempre.
—Voy, pues, a decir lo que ha sucedido —respondió el contramaestre—. Yo he hecho cuanto he podido para impedir el crimen…