Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Estos preparativos fueron interrumpidos por la necesidad de sueño y de reposo que se hizo sentir imperiosamente desde las siete de la noche; pero antes de echarse, los náufragos se reunieron alrededor de la estufa, en la que no se escatimó el combustible. Los desventurados se permitieron un despilfarro de calor a que no estaban acostumbrados desde hacía mucho tiempo.
Un poco de pemmican, algunas galletas y sendas tazas de café no tardaron en ponerles de buen humor, a lo que contribuía poderosamente la esperanza que les sonreía de tan lejos.
A las siete de la mañana se emprendieron de nuevo los trabajos, y se hallaron enteramente terminados a las tres de la tarde.
Empezaba ya a oscurecer; el sol, desde el 31 de enero, había reaparecido en el horizonte, pero no daba aún más que una luz débil y poco duradera. Afortunadamente la Luna debía aparecer a las seis y media, y estando el cielo tan puro sus rayos bastarían para alumbrar el camino. La temperatura, que hacía ya algunos días que bajaba sensiblemente, alcanzó al fin 33° bajo cero (—37° centígrados).