Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Llegó el momento de partir. Altamont acogió con alegría la idea de ponerse en camino, no obstante saber que el traqueteo aumentaría sus padecimientos. Había hecho comprender al doctor que éste encontraría a bordo del Porpoise los antiescorbúticos que su curación requería.
Se le trasladó, pues, al trineo, donde se le acomodó lo mejor posible. Se destinaron al tiro todos los perros, incluso Duck, y los viajeros dirigieron entonces la última mirada a aquel lecho de hielo donde había dormido el Forward. En las facciones de Hatteras se pintó un instante un violento sentimiento de cólera, pero se hizo dueño de sí mismo, y en breve la comitiva, estando el tiempo muy seco, se abismó en la bruma del Nornoroeste.
Cada cual ocupó su sitio de costumbre. Bell a la cabeza, indicando el camino; el doctor y el contramaestre al lado del trineo, vigilando y empujando en caso necesario, y Hatteras detrás, rectificando el rumbo y manteniendo a la tripulación sobre la línea que Bell iniciaba.