Aventuras del capitan Hatteras

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La marcha fue bastante rápida. Estando tan baja la temperatura, el hielo ofrecía una dureza y una tersura favorables al deslizamiento del trineo; y los cinco perros arrastraban fácilmente aquella carga que no pasaba de novecientas libras. Sin embargo, lo mismo ellos que las personas se ahogaban rápidamente, y tuvieron que detenerse con frecuencia para tomar aliento.

A cosa de las siete de la noche, la Luna desalojó con su disco rojizo las brumas del horizonte. Sus tranquilos rayos atravesaron la atmósfera, y derramaron alguna luz que los hielos reflejaron con pureza. El icefield presentaba hacia el Noroeste una inmensa llanura blanca perfectamente horizontal. Ni un pack, ni un hummock. Parecía como si aquella parte del mar se hubiese helado pacíficamente, como un lago sereno.

Aquello era un inmenso desierto, llano y monótono.

Tal fue la impresión que causó aquel espectáculo en el ánimo del doctor, y que él comunicó a sus compañeros.

—Tenéis razón, señor Clawbonny —respondió Johnson—; estamos en un desierto, pero no corremos el peligro de morir de sed.


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