Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Lo que —respondió el doctor— es una ventaja evidente. Esta inmensidad me prueba, sin embargo, una cosa, y es que debemos de hallarnos muy lejos de tierra. La aproximación de las costas está en general indicada por una multitud de montañas de hielo, y no hay a nuestro alrededor un solo iceberg al alcance de nuestra vista.
—El horizonte —observó Johnson— está muy limitado por la bruma.
—Sin duda, pero desde nuestra partida estamos pisando un campo llano que parece que no ha de concluir nunca.
—¿Sabéis, señor Clawbonny, que nuestro paseo es peligroso? Nos acostumbramos a él y ni siquiera nos fijamos en el peligro, pero la verdad es que esta superficie helada sobre la cual andamos, cubre abismos sin fondo.
—Tenéis razón, amigo mÃo; pero no corremos ningún riesgo de que estos abismos nos traguen. Con el frÃo que hace de 33°, la resistencia de esta blanca corteza es muy considerable. Notad que tiende a ser cada vez mayor, porque bajo estas latitudes nieva casi todos los dÃas, hasta en abril, en mayo y en junio, y yo creo que en su mayor profundidad no medirá menos de 30 ó 40 pies.
—Eso es tranquilizador —respondió el contramaestre Johnson.