Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —En efecto, es preciso —repuso el doctor—. Y si conseguimos nuestro objetivo, no tendremos motivo de queja, pues nos hemos visto favorecidos por un tiempo excepcional. La nieve nos ha concedido quince dÃas de tregua, y el trineo ha podido deslizarse fácilmente por el hielo endurecido. ¡Ah! ¡Si tuviésemos doscientas libras de alimentos! Nuestros valientes perros llevarÃan esta carga sin dificultad alguna. Pero puesto que la suerte ha dispuesto otra cosa, no podemos hacer más que tener paciencia.
—Con un poco de buena fortuna y de destreza —respondió Johnson—, ¿no podrÃamos utilizar las cargas de pólvora que nos quedan? Si cayese un oso en nuestro poder, quedarÃamos abastecidos para el resto del viaje.
—Sin duda —replicó el doctor—, pero los osos escasean mucho y son muy ariscos. Además, basta pensar en la importancia del tiro para que se turbe la vista y tiemble la mano.
—Vos sois, sin embargo, muy buen tirador —dijo Bell.
—SÃ, cuando la comida de cuatro personas no depende de mi destreza. Con todo, si la ocasión se presenta, haré lo que pueda. Entretanto, amigos mÃos, contentémonos con esta pobre cena de migajas de pemmican, procuremos dormir, y, al amanecer, proseguiremos nuestro camino.