Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Algunos instantes después, el exceso de fatiga se sobrepuso a todas las consideraciones, y todos quedaron profundamente dormidos.
El sábado, muy temprano, Johnson despertó a sus compañeros. Los perros ocuparon su puesto en el trineo, y éste siguió su marcha hacia el Norte.
El cielo estaba magnífico, pura la atmósfera y muy baja la temperatura. Cuando apareció el sol en el horizonte, tenía la forma de una elipse prolongada. Su diámetro horizontal, con motivo de la refracción, parecía ser doble que su diámetro vertical, y el astro despedía sobre la inmensa llanura helada su haz de rayos claros, pero fríos. Aquel regreso a la luz, ya que no al calor, era agradable.
El doctor, armado de su escopeta, se separó una o dos millas del resto de la comitiva, desafiando la soledad y el frío. Antes de alejarse, había medido exactamente sus municiones; vio que no le quedaban más que cuatro cargas de pólvora y tres balas. Era muy poca cosa, si se atiende a que un animal tan fuerte y de vida tan dura como el oso polar, no sucumbe frecuentemente sino al décimo o duodécimo tiro.
