Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Así es que la ambición del buen doctor no le llevaba a la persecución de una caza tan terrible. Hubiera estado muy contento con encontrar algunas liebres o dos o tres zorras, que hubieran producido un aumento de provisiones.

Pero durante aquel día, si apercibió alguna zorra o liebre, no se pudo acercar a ella, o, engañado por la refracción, perdió su tiro. Aquel día le costó inútilmente una carga de pólvora y una bala.

Sus compañeros, que se habían entusiasmado llenos de esperanza al oír el tiro, le vieron volver cabizbajo. No dijeron una palabra. Por la noche se echaron todos como de costumbre, después de haber apartado las dos cuartas partes de ración reservadas para los dos días siguientes.

Al otro día el camino pareció más penoso. Los viajeros no andaban, sino que se arrastraban, y los perros, que habían ya devorado hasta las entrañas de la foca, empezaron a roer sus correas.

Pasaron algunas zorras a lo largo del trineo, y el doctor, habiendo perdido otro tiro que le costó el perseguirlas, no se atrevió a aventurar su última bala y su penúltima carga de pólvora.

Por la tarde se hizo alto más temprano, pues los viajeros no tenían ya aliento para dar un paso, y aunque el camino estaba alumbrado por una magnífica aurora boreal, tuvieron que detenerse.


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