Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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La última comida, que se hizo el domingo por la noche bajo la helada tienda, fue muy triste. Si no les venía del cielo algún auxilio, los desventurados estaban perdidos.

Hatteras no hablaba; Bell no pensaba; Johnson reflexionaba a solas; únicamente el doctor no estaba aún completamente desesperado.

Johnson tuvo la idea de armar algunas trampas durante la noche, pero no teniendo cebo que poner en ellas, contaba muy poco con el éxito de su ocurrencia, y tenía razón, pues por la mañana, al ir a recorrer los cepos, vio huellas de zorras, pero ni un solo animal había caído en el lazo.

Regresó por lo mismo muy afligido cuando percibió un oso de colosal tamaño que olfateaba las emanaciones del trineo a menos de 500 toesas. El viejo marino se empeñó en que la Providencia le dirigía aquel animal inesperado para que lo matase, y, sin despertar a sus compañeros, cogió la escopeta del doctor y se dirigió hacia el punto en que se hallaba el oso.

Llegado a la distancia conveniente, se echó la escopeta a la cara, pero en el momento de ir a poner el dedo en el gatillo, sintió temblar su brazo. Los gruesos guantes de piel que llevaba le servían de estorbo, por lo que se los quitó al momento y asió el arma con mano más segura.


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