Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras De repente lanzó un grito de dolor. El tegumento de sus dedos, abrasados por la frialdad del cañón, quedó adherido a él; el arma cayó al suelo, y salió el tiro, perdiéndose en el espacio su última bala.
Al oír el estampido, el doctor acudió, y al momento lo comprendió todo. Vio al animal marcharse tranquilamente y a Johnson, desesperado, que no pensaba siquiera en sus padecimientos.
—¡Soy una verdadera señorita! —Exclamaba—. ¡Un niño que no sabe soportar un dolor! ¡Yo! ¡Yo! ¡Y a mi edad!
—Vamos, Johnson —le dijo el doctor—, retiraos, vais a quedar helado; tenéis ya las manos blancas. ¡Venid! ¡Venid!
—¡Soy indigno de vuestros cuidados, señor Clawbonny! —Respondía el contramaestre—. ¡Dejadme!
—¡Seguidme y no seáis terco! ¡Seguidme! ¡Dentro de un momento será ya tarde!

Y el doctor, arrastrando hacia la tienda al viejo marino, le hizo sumergir las manos en agua que el calor de la estufa mantenía líquida, aunque fría, pero al contacto de las manos de Johnson, quedó helada inmediatamente.
—Ya veis —dijo el doctor— cuánto apremiaba el tiempo; si hubiésemos tardado un poco más, hubiera tenido que proceder a la amputación.