Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Gracias a sus cuidados, todo peligro había desaparecido al cabo de una hora, pero no sin trabajo, pues hubo necesidad de repetidas fricciones para restablecer en los dedos del viejo marino la circulación de la sangre.

El doctor recomendó a Johnson que no acercase las manos a la estufa, pues el calor hubiera acarreado graves accidentes.

Aquella mañana no hubo almuerzo. No quedaba una pieza de pemmican, ni de carne salada, ni siquiera de galleta. Todas las provisiones estaban reducidas a media libra de café, con cuya infusión tuvieron los náufragos que contentarse, y se pusieron en marcha.

—¡No hay ya ningún recurso! —dijo Bell a Johnson, con un acento indecible de desesperación.

—¡Tengamos confianza en Dios! —dijo el viejo marino—. Es omnipotente y puede salvarnos.

—¡Ah! ¡Ese capitán Hatteras —repuso Bell—, ha podido salir con vida de sus primeras expediciones, el insensato, pero en ésta se queda, y no volveremos a ver nuestro país!

—¡Valor, Bell! Confieso que el capitán es un hombre audaz, pero hay junto a él otro hombre fecundo en recursos.

—¿El doctor Clawbonny? —dijo Bell.

—¡El mismo! —respondió Johnson.


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